Cuento de caballos

Disfruta de este cuento de caballos salvajes, uno de los cuentos de caballos para leer más conmovedor que se ha escrito jamás.

 

Había una vez, en un lejano país, tres caballos que respondían a los nombres de Blas, Acon y Lucero. Blas era negro como el ébano y solía trotar solo y libre por la llanura. Acon era marrón y  fuerte,  y gustaba de encontrarse con otros caballos. Por último, Lucero, era dorado y esbelto y nunca, nunca, nunca, se separaba de Joaquín, el hombre que lo cuidó desde pequeño.

Caballero

Y este cuento de caballos comienza así…

Un buen día Blas trotaba por la extensa llanura mientras su piel oscura contrastaba con los variados colores del atarceder: el rosa que pintaban las nubes, el naranja que el sol vertía sobre la línea del horizonte, el azul del cielo que iba oscureciendo la vista. Así, cayó la noche, y Blas, tan acostumbrado a trotar solo y libre por la llanura, se perdió.

Blas

Nadie lo buscaba, porque él no iba acompañado. Nunca había tenido amigos porque temía que, al caer la noche, les perdiera de vista y no les volviera encontrar.

Vagó entre los bosques del valle y vio una luz a lo lejos, era Lucero que se dejaba peinar por Joaquín a la luz de los candelabros de la granja. Blas se alegró, porque podía aprovechar aquella luz para ubicarse, para encontrar su camino a casa.

Espero a que el hombre se fuera y tímidamente se acercó a Lucero.

  • Gracias, amigo, porque por tu luz me he encontrado.- dijo Blas emocionado, apreciando su suerte de no seguir solo aquella noche.
  • ¿Quién eres?… Apenas puedo verte.- susurro Lucero medio asustado.
  • Soy Blas, caballo libre y solitario.- afirmó firme y seguro acercándose al candelabro.

Lucero, mirándole fijamente le dijo, finalmente:

  • Libre has sido de perderte y tú solo no te habrías encontrado.- y dicho esto se fue hacia el establo, alejándose de aquella luz y volviendo a su hogar junto a Joaquín.

Blas se sorprendió de oír aquello. Siempre se había sentido tan libre e independiente que había llegado a sentir pena de los caballos domésticos como Lucero. Pero a la vez, Blas sabía, que si no hubiera sido por ese caballo y aquel hombre, tal vez hubiera perecido en la oscuridad.

Miró a su alrededor y pudo orientarse. Debía ir hacia el norte para volver a casa. Así que trotó y trotó raudo, para que las lágrimas que brotaban de sus ojos se perdieran en el viento. De pronto se detuvo en seco, metros más adelante trotaba un caballo marrón a su encuentro. Lo primero que pensó fue en desviarse, como siempre hacía para evitar encontrarse con nadie. Entonces recordó las palabras de Lucero:

  • Libre has sido de perderte… y tú solo no te habrías encontrado.

Y así fue como Blas conoció a Acon, su primer y mejor amigo, al que nunca perdió al caer la noche.

libres

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