Cuentos de hadas

 

Son cosas que pasan. Es una de esas cosas que pasa solo cuando has dejado absolutamente de pensar en ello, en que quieres que pase o en que no lo deseas en absoluto. Solo cuando te olvidas, cuando abandonas las expectativas de lo que ha de ser tu propia vida. Solo entonces sucede. Y cuando ocurre, el resto toma otro cariz. Si era prescindible, te decides a soltarlo. Si era fundamental, consigues, al fin, aceptarlo. Esto que ocurre no es bueno ni es malo en sí mismo, solo te hace ser más tú. De pronto algunas cosas que antes no, te hacen sonreír sin esfuerzo alguno. De algún modo, lo que te irritaba hasta entonces deja de ser importante. Lo que formaba tus raíces y escocía ya no lo hace, porque ahora que tienes alas, solo piensas en volar.

Aún no saltas porque es temprano. Recuerdas de soslayo alguna caída que te desplumó, los inviernos que te costó recuperar cada hueso quebrado. No saltas pero, ahora, por fin, tienes ganas de hacerlo.

Ya no maldices esas raíces que, de cuando en cuando, te aferraron a esta tierra inmunda a la par que bendecida. Ahora las integras y aceptas su propósito, porque sin ellas andarías en otras ramas. Pero son estas, y no otras, las que rozan con los vientos frescos del verano con aquellas otras ramas a las que sueñas con saltar. Son estas. Así que las acoges en tu corazón con gratitud y dejas de juzgarlas, porque estás hecha de ellas mismas y todas sois la misma cosa. Te nutrieron, a pesar de todo, y erigieron tu tronco lanzándolo al cielo, con mayor o menor fortuna.

Al cielo vamos.

Vámonos, cielo.

 

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