No hay perdón

 

 

Entorno los ojos y te observo con ira. Tú no lo sabes porque no estás.

No estás porque elegiste romper todos tus recuerdos, aunque tuvieran forma humana y sangraran por los poros. Como aquella vez que pintamos juntas mi cuarto, hoy la habitación verde es teñida a verde por mi carmesí. Igual que ese mosquito caribeño que exploté contra el techo; chupó mi sangre y me irritó la piel, tú mascaste mi corazón y me diste urticaria en las entrañas.

Pero no te puedo explotar contra el pecho porque ni siquiera eso te haría reaccionar. Estás tan dormida que ni el mejor Drim puede despertarte ahora.

Llámalo “amor”, si quieres, esa palabra está tan manida como la de “independencia”.

Porque no es para tanto, ya sabes.

¿Qué más da ignorar al moribundo si morirá de todos modos?

 

Nada importa.

Absolutamente nada.

Pero recuerda cuando sí te importaba alguien.

Recuerda cuando tu felicidad crecía al contársela a ella.

 

¿Qué le vas a contar hoy?

Que has ignorado a las personas que siempre han estado para ti.

Que has olvidado quién eres porque si lo hicieras tendrías que recordarla y morir de dolor.

Que tu vida, según tu propio criterio, no merece la pena ser vivida.

 

Llevo tanto tiempo perdonándote que he perdido la cuenta de los “te amo” que me he ido guardando en silencio. He perdido la cuenta de las cartas, los libros, las canciones, los pensamientos que te he dedicado en el anonimato de esta celda en la que me guardas.

 

Y ahora, cuando ya no se trata de mí, me doy cuenta.

Quizás soy yo la que estoy dormida, porque hay cosas que no tienen perdón.

 

 

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