Parar, respirar, escribir

 

Escribir sin parar. Como al respirar.

 

Porque al hacerlo a mis células les empieza a faltar el alimento único e imprescindible. Los 28 oxígenos del mismo castellano que parió El Quijote o La Celestina. Esa rúbrica indescriptible de las autoras que dieron voz a generaciones silenciadas, la gloria más fuerte de esta patria sombría por una historia que nos continúa escindiendo en dos españas.

 

Escribir sin parar, como amar. Verbos que no descansan, que durmiendo laten incluso más arrebatados porque están fraguando un despertar profundo. Hijos del Alba. Concebidos con el tiempo, que inexorable golpea las almas aunque se resistan, que nos hacen relucir y arrebatarnos, morirnos a nosotras mismas para dar a luz a eso que se esconde dentro.

Escribir sin parar. Amar sin parar. Respirar.

Tomar del entorno lo necesario para continuar la partida. Destacar las partículas de aire cautivas en una atmósfera teñida de variedades. Colores bellos, colores sucios, nacidos de la desesperanza.

 

Escribir sin parar. Parar escribiendo los puntos de la intrahistoria. Para darle sentido a los silencios y poder tomar aire. Tomar aire para seguir escribiendo. Para hacer que la historia lata aún más fuerte, y deje de ocultarse en memorias que carcomen cerebros sumergidos en trauma.

 

Escribir para encontrar nuevos encuentros. Donde el viento renueva y el hidrógeno dobla cada oxígeno en formato poliamor.

 

Escribir sin parar. Como al respirar. Parar para respirar… para escribir.

 

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