Secretos

 

Cada vida encierra un tormento. Uno como el de Benito, que el ratón Pérez deposita junto a nuestra almohada sin remedio. Tan pronto como un diente cae, un regalo llega y esa inevitable condena se hace silenciosamente más patente. Esas miserias, en ocasiones, se convierten en tormentos, cuando contarlas y agotarlas por desgaste de saliva no es una opción tolerable para el statu quo sideral.

Entonces y solo entonces, una verdad se convierte en secreto. Una verdad agitadora y estridente. La evidencia de que en este mundo de polaridades la sombra ha de ocultarse de sí misma. De este modo, lo más preciado que atesoran las sociedades de todos los tiempos, la bondad de sus gentes, empieza a flaquear. Porque dicen que la verdad nos hará libres pero nadie está dispuesto a oír la verdad. Tan redundante como ridículo, tan franco como la dictadura de la ignorancia tan increíblemente bien aceptada.

Dame de beber de ese maná que nos mantiene ajenos a la verdad, esa agüita fresca que brota de estas pantallas, de esos carteles, de tu texto sin contexto.

Cada vida encierra un secreto (o varios), porque hay que tener ovarios para callar lo evidente. Lo que narran las miradas perdidas de aquellas fotos que nunca enseñas, lo que esconden los dibujos de una niña que agotó sus pinturas, lo que dijiste y olvidaste para permitir que volviera a suceder.

Son solo secretos. Verdades ocultas que hacen más mal que bien. Tú sigue agarradita a ese silencio. Ahí estás bien. Abrazadita a esa bomba para que solo a ti te hiele su frialdad, para que, de explotar, sea a tí, querida a quien explote.

Porque al fin y al cabo, es tu secreto… es tu tormento.

 

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